Porque un Niño nos ha nacido

 

El pasaje evangélico donde se nos relata el acontecimiento de la Natividad, es de lo más sencillo: “José subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que estando allí, le llegó la hora del parto y dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre porque no había lugar para ellos en la posada” (Lc. 2, 4-6).

San Juan XXIII, refiriéndose al nacimiento de Jesús, dice: “La primera aparición de Dios en el mundo es en un establo, donde las bestias rumian el heno y en torno todo es silencio, pobreza, sencillez, inocencia”. No debe extrañarnos la humildad del Eterno al presentarse así, pues es Amor. Y el amor conlleva la anulación de la persona para proyectarse y donarse plenamente en el ser amado. De ese modo se ofreció Dios a nosotros. Aquí se fundamenta el principio de la Navidad: en la entrega a los demás. El amor no se impone, sino que se ofrece, y de forma gratuita, a todo el que quiera abrir su corazón y dejarse llenar de la ternura del mismo.

Dios, haciéndose niño, y en la más estricta pobreza, se presenta al ser humano para colmarle de su divinidad. Se nos hace pobre para enriquecernos con sus dones; se nos hace hombre para transformarnos en divinidad: la humanidad es divinizada y la divinidad humanizada. ¿Puede esperarse más? He aquí la esencia de la Navidad, transformar y elevar.

No obstante a este acontecimiento del inmenso amor de Dios, aún el ser humano sigue esperando y soñando con hacer un mundo más noble y más feliz al margen de Él. Pobre criatura, que no supo ni sabe descubrir en la ternura y el encanto que nos revela la imagen entrañable del Niño recostado en el pesebre, la grandeza de la dignidad humana y la felicidad plena. Ya que ese pequeño, en aquella noche, cambió el “sino” del hombre, quien dejó de ser errante peregrino en busca de calor y cariño. Porque el Dios-Niño asumió nuestra carne y se nos hizo compañero de camino, compartiendo su amor, su misericordia y su perdón. En verdad, es la Navidad acoger y compartir.

Desde ese instante, el ser humano es elevado al máximo pedestal de su dignidad. La Humanidad, en el nacimiento de Jesús, quedó divinizada. Pues Navidad es el encuentro de Dios con el hombre y del hombre con Dios en la candidez y delicadeza de un bebé. Despertemos del sueño y vivamos ese encuentro con toda profundidad, porque el Niño vino a hacer más noble el mundo, a inundarlo de su infinito amor y llenarlo del calor de su corazón. Quiere enriquecernos con sus dones y colmarnos de paz. “Paz a los hombres que ama el Señor”.

En el recién nacido de Belén brilla el resplandor de la luz de la eterna verdad, la que nos hará libres. “Levantémonos, el día ha comenzado; dejemos las tinieblas y llenémonos de luz”. Sí, abramos nuestros ojos para contemplar en ese Niño, pobre y humilde, la dulzura y la ternura del corazón de Dios y el encanto de su sonrisa celestial. Bien pensado, ¿qué es lo más puro y limpio que existe? Sin duda, la inocente mirada de un bebé.

Aprendamos a abrir también nuestras vidas al amigo divino y al hermano que comparte existencia con nosotros. Pues cada vez que repartimos amor, sembramos Navidad.

Un Dios se nos regala para colmarnos de alegría y bienestar. Jesús es el gran obsequio. De aquí que proclamemos siempre: ¡¡¡Bendita Navidad!!!

AUTOR: Francisco Gutiérrez Díaz