A mediados del pasado mes de agosto llegó el momento de la despedida. Entonces fue trasladado el P. Francisco Javier González Ruiz a la enfermería que los Carmelitas de la provincia de San Joaquín de Navarra tienen en Vitoria, tras 33 años de permanencia entre nosotros. Tantos como Nuestro Señor anduvo por este mundo. ¡Nada menos!
Muchas veces le oímos decir en aquellas homilías que pronunciaba en los funerales y que tenían la virtud de llenar el alma de quienes le oían de esperanza y de consuelo: "Algo se muere en el alma cuando un amigo se va". Así lo proclamaba y así lo sentía, con intensidad, con humanidad, sinceramente.
Pero lo que nunca nos dijo y nosotros hemos tenido que descubrir por nuestra cuenta es que la tristeza y el desconsuelo se hacen mayores todavía cuando la despedida no resulta posible, como ha ocurrido en este caso, porque el amigo, aun físicamente presente, ya no capta la misma onda que quienes le rodean y le quieren.
El Padre Francisco Javier ha dedicado casi media vida a este templo, que él siempre nos hizo ver que es la casa familiar en la que habita la Madre, aquella que nos convoca de continuo como hijos a su presencia. Ha dedicado casi media vida también a esta comunidad parroquial, primero como coadjutor y después como párroco (de 2002 a 2020), atendiendo con regularidad al confesonario, uniendo muchas parejas en matrimonio, bautizando centenares de niños, celebrando el funeral de miles de feligreses de aquella forma que le salía "como si nada" y que le transformaba en sembrador de consuelo y esperanza en las almas de familiares y amigos mediante unas homilías persuasivas y llenas de humanidad, que llegaban a todos los corazones. Y, finalmente, ha dedicado casi también media vida a la familia carmelitana de Santander, dirigiendo con constancia y eficacia la Cofradía del Carmen desde el día en que llegó a la ciudad y durante un tiempo, asimismo, a la Orden Seglar, predicando decenas de novenarios con aquel entusiasmo mariano, aquella elocuencia pasmosa y aquella gracia y sencillez que sabía combinar con toda naturalidad, divulgando continuamente la espiritualidad de los grandes carmelitas y de los Padres de la Iglesia con frases y párrafos que se sabía de memoria: Santa Teresa, San Juan de la Cruz, Santa Teresita, Sor Isabel de la Trinidad, San Anselmo, San Agustín y tantos otros, atendiendo a diario el servicio espiritual de las Carmelitas Descalzas del convento de Maliaño...
Resulta ocioso decir que el P. Francisco Javier ha dejado una huella imperecedera en cientos de santanderinos. Por eso hoy, en la fiesta de la Santa Madre a la que él admiró tan ardientemente y cuya doctrina tanto nos ayudó a conocer, queremos recordarle con cariño hondo y entrañable, agradecer al Señor los beneficios que a través de este religioso carmelita y sacerdote de Cristo nos ha venido prodigando y rogar a Dios que haga benigno y placentero para él el tiempo de vida terrenal que aún le tenga reservado.